Pensamiento estacional

14 Oct

ImageEn donde crecí no hay estaciones; todo el año hace más o menos el mismo clima. A veces llueve más, a veces hay más sol o más viento, pero por lo general el estado del tiempo es bastante uniforme. En cambio, en esta país donde ahora vivimos, las estaciones son tan marcadas, tan independientes la una de la otra, que son ellas quienes determinan la cadencia de los días e influencian las costumbres, el ropero, la alacena de la cocina y el estado de ánimo. Llegamos aquí en el verano y ahora le damos la bienvenida al otoño. Atrás queda la publicidad de protectores solares, de vestidos de baño y helados refrescantes. Ahora todo son calabazas, pasteles de manzanas, hojas de todos los tonos imaginables de rojo y propagandas de tés aromáticos.

La vida no suele ser así de bipolar. Uno cambia poco, se amarra a sus rutinas, se hace viejo sin darse cuenta. Lo digo porque hace un par de semanas cumplí un año más de vida. Y en esta década de mis treinta años cada octubre me resulta muy similar. Me miro al espejo e identifico unas arrugas más alrededor de los ojos, a veces unos kilos de más o de menos, pero eso es todo. Cambio sin darme cuenta, un poco como sucede con el clima de Bogotá.

Así como sobre mi cuerpo pasa el tiempo – aunque yo casi no me percate de ello -, también lo hace sobre la corta existencia de mi adorada Oli. Resulta que desde hace unos meses he visto cómo rápidamente se está volviendo una niña. Ahora tiene veintiún meses. En poco tiempo, cuando los árboles que ahora están llenos de hojas cobrizas estén completamente desnudos – y tal vez hasta cubiertos de nieve – Olivia cumplirá su segundo año de vida. Allí ya será una niña en miniatura, pero del todo una niña.

Por ahora, mi Olivia es como el otoño, tan bonito, un poco verano pero también un poco invierno. Aún tiene mucho de bebé. El llanto es su primera reacción cuando no comprende el mundo o cuando el mundo injusto y enrevesado no la comprende a ella. Todavía le encanta tomar tetero cuando mamá se lo permite, le gusta dormirse en compañía, le cuesta llevarse la comida a la boca sin echarse la mitad de la sopa sobre la camisa, y aun no sabe muy bien cómo jugar con otros niños, cómo hacerlos parte de sus ensoñaciones diurnas.

Pero la sombra la niñez se ha posado recientemente sobre ella y cada día su presencia extranjera es más contundente, menos foránea. Ahora Olivia se queda tranquila en el colegio con su maletica roja y su chaqueta; ya me dice qué cosas quiere comer y hasta a veces elige qué ropa ponerse. Ahora le gusta jugar con los muñecos de felpa, treparse sola en el rodadero y salir a correr sin mirar atrás.

Pero es en su boca donde se está gestando el cambio más rotundo, el tránsito definitivo hacia la niñez. Oli siempre ha tenido un vocabulario amplio, pero en estas últimas semanas el aumento ha sido exponencial. Hay algo que ha cambiado en su relación con el lenguaje. Ya no se sirve de él con aprehensión, con timidez. Ahora ha hundido la cabeza entera en un mar de palabras y con sus piernas delgaditas chapucea entre significados, gira, patalea y sale a flote airosa. Ahora ha empezado a usar el posesivo (“MI mamá”), hace frases simples y hasta canta las canciones que conoce, repitiendo sobre todo la última sílaba de cada estrofa.

Y esa transformación repentina, esa voz que rápidamente se fortalece, esa mano que ya no siempre busca la mía, marca sin duda un cambio en el calendario de nuestra vida juntas. Oli ha dejado de ser una recién llegada, ya ha pasado por todas las estaciones, y el tiempo que pasa le ha sentado bien.

*Linda imagen del libro “Seasons” de John Burningham.

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