Pensamiento estacional

14 Oct

ImageEn donde crecí no hay estaciones; todo el año hace más o menos el mismo clima. A veces llueve más, a veces hay más sol o más viento, pero por lo general el estado del tiempo es bastante uniforme. En cambio, en esta país donde ahora vivimos, las estaciones son tan marcadas, tan independientes la una de la otra, que son ellas quienes determinan la cadencia de los días e influencian las costumbres, el ropero, la alacena de la cocina y el estado de ánimo. Llegamos aquí en el verano y ahora le damos la bienvenida al otoño. Atrás queda la publicidad de protectores solares, de vestidos de baño y helados refrescantes. Ahora todo son calabazas, pasteles de manzanas, hojas de todos los tonos imaginables de rojo y propagandas de tés aromáticos.

La vida no suele ser así de bipolar. Uno cambia poco, se amarra a sus rutinas, se hace viejo sin darse cuenta. Lo digo porque hace un par de semanas cumplí un año más de vida. Y en esta década de mis treinta años cada octubre me resulta muy similar. Me miro al espejo e identifico unas arrugas más alrededor de los ojos, a veces unos kilos de más o de menos, pero eso es todo. Cambio sin darme cuenta, un poco como sucede con el clima de Bogotá.

Así como sobre mi cuerpo pasa el tiempo – aunque yo casi no me percate de ello -, también lo hace sobre la corta existencia de mi adorada Oli. Resulta que desde hace unos meses he visto cómo rápidamente se está volviendo una niña. Ahora tiene veintiún meses. En poco tiempo, cuando los árboles que ahora están llenos de hojas cobrizas estén completamente desnudos – y tal vez hasta cubiertos de nieve – Olivia cumplirá su segundo año de vida. Allí ya será una niña en miniatura, pero del todo una niña.

Por ahora, mi Olivia es como el otoño, tan bonito, un poco verano pero también un poco invierno. Aún tiene mucho de bebé. El llanto es su primera reacción cuando no comprende el mundo o cuando el mundo injusto y enrevesado no la comprende a ella. Todavía le encanta tomar tetero cuando mamá se lo permite, le gusta dormirse en compañía, le cuesta llevarse la comida a la boca sin echarse la mitad de la sopa sobre la camisa, y aun no sabe muy bien cómo jugar con otros niños, cómo hacerlos parte de sus ensoñaciones diurnas.

Pero la sombra la niñez se ha posado recientemente sobre ella y cada día su presencia extranjera es más contundente, menos foránea. Ahora Olivia se queda tranquila en el colegio con su maletica roja y su chaqueta; ya me dice qué cosas quiere comer y hasta a veces elige qué ropa ponerse. Ahora le gusta jugar con los muñecos de felpa, treparse sola en el rodadero y salir a correr sin mirar atrás.

Pero es en su boca donde se está gestando el cambio más rotundo, el tránsito definitivo hacia la niñez. Oli siempre ha tenido un vocabulario amplio, pero en estas últimas semanas el aumento ha sido exponencial. Hay algo que ha cambiado en su relación con el lenguaje. Ya no se sirve de él con aprehensión, con timidez. Ahora ha hundido la cabeza entera en un mar de palabras y con sus piernas delgaditas chapucea entre significados, gira, patalea y sale a flote airosa. Ahora ha empezado a usar el posesivo (“MI mamá”), hace frases simples y hasta canta las canciones que conoce, repitiendo sobre todo la última sílaba de cada estrofa.

Y esa transformación repentina, esa voz que rápidamente se fortalece, esa mano que ya no siempre busca la mía, marca sin duda un cambio en el calendario de nuestra vida juntas. Oli ha dejado de ser una recién llegada, ya ha pasado por todas las estaciones, y el tiempo que pasa le ha sentado bien.

*Linda imagen del libro “Seasons” de John Burningham.

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Las imperfecciones del amor

16 Sep

ImagenAnoche, mientras masajeaba la barriga de Olivia, pensé en lo imperfecto que es el amor. Ella estaba con cólico porque comió algo que le hizo daño, de manera que el latigazo contundente del dolor la despertó varias veces en la noche. Yo me acosté a su lado y cerré los ojos con mi mano puesta sobre su ombligo. Cuando venía el retorcijón, yo acariciaba su estómago siguiendo el movimiento de las agujas del reloj, e intentaba calmarla al susurrarle que mamá estaba ahí, a su lado. Ella, medio dormida, se contoneaba como un ciempiés, llevaba sus manos a la barriga y lloriqueaba al tiempo que me llamaba “mamáaaa“.  De poco servía mi intento de apaciguar su dolor. Mi mano iba y venía torpemente, sin lograr mermar la molestia. Olivia estaba conmigo pero batallaba sola contra esa pequeña – y afortunadamente breve – contrariedad de su cuerpo.

A veces le ocurre – tal y como le pasó anoche – que me llama cuando me tiene al lado. Suele pasar cuando se cae, cuando está enferma, con miedo, o simplemente indignada porque la regaño por algo. Entonces grita “mamáaa“, y yo intuyo que ese llamado no es otra cosa que la dura comprobación de que su mamá no es tan perfecta como debería ser, que no lo sana todo, no lo mejora todo, no siempre le da gusto. Entonces, con un grito, Olivia apela al ideal de mamá y le exige a la vida que le haga entrega inmediata de una mamá perfecta, a la altura de sus deseos y necesidades. La respuesta del universo es tan contundente como el alarido de Olivia: el amor es imperfecto, querida Oli.

Porque amor en esta casa hay por montones, pero eso no siempre basta. Así como Olivia busca a los gritos una mamá que no le falle nunca, que la cure cuando está enferma, conjure el miedo nocturno, la deje jugar con el ipad hasta que caiga rendida y la alimente solamente a punta de tetero y salchicha, así también J y yo solemos buscar a ratos una hija perfecta.  Sin gritar – claro está – añoramos una Olivia que nos haga caso siempre, que se duerma todos los días a las 7 pm y se despierte a las 10 am los fines de semana, guarde silencio cuando estamos trabajando, se coma todas las verduras sin escupir y no tenga ataques de ira porque le quitamos el disco infantil de Adriana Calcanhotto (que escucha unas noventa veces al día… ¡Al menos es la Calcanhotto!).

Recientemente un amigo me mandó un excelente artículo de Alexandre Lacroix que se titulaComment mes enfants m´ont elevé (Cómo mis hijos me han educado). El autor afirma que sus hijos le dieron la educación que sus padres no le proporcionaron. De hecho, fueron sus tres hijos quienes le enseñaron la paciencia, la difícil aceptación del tiempo de la naturaleza, que no suele ser el nuestro. También borraron de su vida para siempre eso que él llama “el solipsismo de la inmadurez” – esa tendencia casi natural, tan propia de la juventud- de pensar que el mundo empieza y termina con uno. Y, finalmente, le enseñaron la rabia, la cólera. Porque uno puede ser más bondadoso que un perro labrador, más paciente  y sabio que el Dalai Dama, pero aún así, los hijos saben tocar allí donde más duele, donde más irrita, hasta despertar la furia del dragón milenario.

Yo me identifico completamente con la reflexión de Lacroix. Antes de tener a Olivia trataba de imaginar cómo sería el amor que sentiría por ella. Había oído decir a la gente – a veces de manera cursi, a veces en emotivos arranques de sinceridad y lucidez – que el amor que uno siente por un hijo es infinito, casi innombrable. Y efectivamente, fue necesario que ella naciera para entender que ese cuerpo extranjero y a la vez tan mío, despertaba lo mejor de mí y me hacía sentir más feliz que nunca, más inspirada, más vulnerable. Eso era entonces el verdadero amor. Pero pronto entendí que ese sentimiento infinito, casi sin nombre, no bastaba para todo, ni era perfecto.

A Oli podemos amarla con el amor más intenso y rotundo, pero a pesar de ello J y yo también podemos regañarla con firmeza cuando la paciencia se agota, cuando la irracionalidad de ella termina contagiando la nuestra. Y nuestra Oli puede amarnos con ese amor tan natural que se instaló en ella cuando tuvo uso de razón – e incluso antes – pero eso no le impide gritarnos con todas sus fuerzas cuando le llevamos la contraria, o gritar en medio de la noche “mamáa” cuando la panza no le da reposo y esta mamá, la única que tiene, no logra aliviar su dolor. Esa imperfección del amor – tan conmovedora en realidad – le dolió a la enferma y a la enfermera, pero en su defectuosa naturaleza, algo alivió en ambas.

*Ilustración de Blanca Gómez.

A dormir

9 Sep

nemoOlivia ha cambiado de cama cuatro veces en este último trimestre. Desde que tuvo cuatro meses, durmió en una cuna que le mandamos a hacer cuando ella todavía no había nacido. Era grande, prevista para soportar las piernas que se estiran como si fueran de caucho y el peso que aumenta con gran rapidez. Al principio recuerdo que Oli se veía como un naufrago en medio del océano, perdida en ese colchón inmenso para su pequeñísimo cuerpo. Luego fue creciendo y entendió que esa era su cama, que aquel era el lugar indicado para cerrar los ojos cada noche y darle la espalda al mundo. Sin embargo, en junio pasado, cuando nos mudamos a casa de los abuelos antes de viajar al extranjero, un carpintero llegó a la casa y en diez minutos desbarató la cuna. Así, en un ventarrón, Olivia se quedó de pronto sin su cueva nocturna.

En la casa de los abuelos compartimos cuarto y cama. A Oli su abuela le puso un corral para dormir, pero en las noches a la peque le parecía que el corral era frío y aburrido, sobre todo teniendo tan cerca la acogedora cama de papá y mamá. J y yo sucumbimos con facilidad a sus súplicas de hacer cama franca porque, la verdad sea dicha, en medio de tantos cambios y de tantas expectativas por el viaje, a los tres nos hacía bien dormir juntos para reconfortarnos en esas horas en que suelen atacarnos en manada las preocupaciones.

Llegamos a la nueva casa hace un mes. Otro país, otro idioma, un paisaje nuevo, una casa que no conocíamos. A Oli le organizamos de afán un cuarto en el primer piso, donde estaba el estudio. Sentamos a sus tres muñecos en el sofá, bajamos un colchón del cuarto de huéspedes, lo pusimos sobre el piso y lo tendimos con la cobija que una amiga nos dio cuando Olivia nació. “Esta es tu nueva cama“, le dijimos, o más bien su cama temporal, mientras sacamos el tiempo de ir a comprar una cuna nueva. Pero a la pequeña Olivia esa historia no le gustó nada. Ella se cansó de ser como Ricitos de oro, probando camas distintas para encontrar la que mejor le va. Y entonces se sublevó como solo sabe hacerlo un niño pequeño en el libre ejercicio de su irracionalidad: con gritos, pataleta a la hora de dormir, llanto prolongado y patadas lanzadas al aire.

Y la verdad es que tiene razón. Cuatro camas en tres meses es un abuso, sobre todo sabiendo que en la infancia la hora de dormir es por excelencia la hora del melodrama, aquella en que uno se juega la vida, en que las fronteras se desdibujan y todo se vuelve incierto. Lo digo porque al ver los dramas que arma Olivia a la hora de dormir – particularmente en esta nueva casa – he recordado, como las famosas magdalenas de Proust, instantes y emociones traídas de mi infancia, relacionadas con el momento de ir a la cama.

Veo cómo la angustia se apodera de ella cuando le digo que es hora de las buenas noches, y desempolvo el recuerdo del cuarto a oscuras con la rendija de luz indicándome que la vida estaba al otro lado de la puerta. Saboreo esa sensación de estar a la deriva en medio de un mar negro, de sentirme enfrentando una tragedia de proporciones épicas: la soledad del que ha sido separado de los otros para que el sueño venga a raptarlo. Traigo a la memoria ese desgarro que produce el sentirse desamparado en un cieno de minutos que no pasan. Y entonces la entiendo, y quisiera decirle que la tragedia no lo es en realidad, que si observa bien es solo un cuarto sin luz, una cama cómoda, un destierro efímero y necesario.

Pero, ¿cómo le digo todo eso? Le repito entonces las mismas palabras que me decían mis papás a mí, y que no surtían en realidad mucho efecto. Ya es hora de dormir, todo está bien, cierra los ojos que nosotros estamos afuera, por favor DUER ME TE. A veces el sueño aparece de súbito, y entonces cesa el llanto. Otras veces la pobre Oli monta en escena un drama existencial que haría palidecer a los suecos, y entonces J y yo nos sentimos como verdugos, sometiéndola a la tortura de la habitación solitaria. Abrimos la puerta, la consolamos, la regañamos, la calmamos, ella nos calma. Finalmente el sueño nos salva y podemos de nuevo salir al mundo, prender el computador, conversar, gozarnos el privilegio que tiene la vida adulta de no dormirse cuando otros mandan sino cuando uno quiere, y de hacerlo en compañía.

Unas horas más tarde, cuando ya nosotros estamos dormidos y no hay rendijas de luz en la casa, a veces nos despierta el llanto de la pequeña Olivia, que heredó el sueño ligero de su mamá. Unos papás disciplinados emprenderían de nuevo el tortuoso proceso de intercalar llanto, consuelo, llanto, consuelo y sueño. Nosotros no. J y yo queremos tener la libertad de acostarnos a la hora que nos de la gana, queremos tener unas horas de la noche para dejar sobre la mesa la etiqueta de “papás”, pero lo cierto es que a veces en la madrugada, en medio de la oscuridad tan negra del campo, nos viene bien alzar a nuestra Oli, darle un beso en su pelo ensortijado, y llevarla a nuestra cama para que la mañana nos encuentre a todos bajo las mismas sábanas. No hay culpabilidad en ello. Solo pura felicidad compartida.

Pd. Me disculpo con mis pocos pero fieles lectores, por mi larga ausencia. Las palabras también se toman su tiempo en acostumbrarse a las nuevas coordenadas geográficas desde donde ahora salen.

*Imagen del extraordinario Little Nemo in Slumberland, de Windsor McCay.

Constelaciones

10 Jul

literatura-infantil-ilustrada-ilustradores-ac-L-Q7cnDLUno sabe que en el universo hay otros planetas, miles de estrellas y agujeros negros, soles distantes que no nos alumbran y lunas que no vemos al caer la noche. Sin embargo, la vasta extensión del universo es tan cercana a la idea de infinito, que a veces nos cuesta hacerla entrar en nuestro entendimiento – siempre un poco miope -.

Todos empezamos siendo uno solo. Primero la cueva de la vida intrauterina, luego la mamá, el papá, el mundo bebido a sorbos. Hasta hace una semana, el universo para Olivia era pequeño y estaba muy bien definido: dos satélites a su lado y un grupo de planetas más grandes que orbitan en su misma galaxia. Su mundo era solo su casa, su familia. El resto de estrellas, de soles y lunas se veían tan lejanos, que simplemente no existían para ella.

Hace una semana Olivia entró al jardín infantil. Hace ocho días ella y yo nos tomamos de la mano, cruzamos el portal del Taller Espantapájaros y descubrimos juntas una nueva constelación. Olivia sabía que en el mundo hay otros niños y otros adultos, que existen rodaderos, libros, columpios, casas. Pero desconocía la estructura que se forma cuando todos esos elementos confluyen en un mismo punto del universo. Ella entró al jardín como quien mira a través de un telescopio. Todo tan misterioso, tan apasionante. ¿Quiénes son esas señoras tan simpáticas que la saludan y la invitan a seguir? ¿Por qué tantos niños como ella jugando entretenidos, corriendo, conversando a media lengua? ¿Y ella dónde se ubica en ese cielo extranjero?

A mí me pasó algo similar. Sabía de la existencia de los jardines infantiles porque asistí a uno de ellos cuando tenía la edad de Olivia, porque los veo desde la calle y sé para qué sirven. Incluso, desde antes de tener a Oli en mi barriga supe que mi hija iría a Espantapájaros porque a Yolanda Reyes, su directora, la conozco desde tiempo atrás y admiro su trabajo, además de compartir su visión de la infancia. Pero aún así, hace una semana crucé la puerta de “Espanta” nerviosa y expectante. ¿Cómo hago para soltar la mano de mi Olivia? ¿Cómo dejarla ir a otra constelación tan poblada de estrellas nuevas?

La respuesta a sus preguntas y las mías se ha dado serenamente, sin traumatismos. Con la ayuda y la comprensión del equipo de Espantapájaros, Olivia y yo hemos aprendido en estos días a conocer la dinámica de esta nueva porción del universo, y sobre todo a encontrar nuestro lugar allí. La pequeña Oli ha disfrutado conocer nuevas estrellas que como ella saltan y titilan. También ha visto que en la nueva galaxia hay otros satélites parecidos a mamá y papá, que la cuidan y le enseñan cosas nuevas. Yo también he podido soltar su mano de a pocos, acercarme y alejarme por momentos, como los eclipses.

El pasado lunes, una semana después de haber emprendido juntas nuestro viaje intergaláctico, crucé la puerta de Espantapájaros con mi pequeño planeta – mi pequeña estrella – sonriente, tomada de mi mano. Ya adentro, Oli me soltó y yo le planté un beso grande en la frente. La vi acercarse a otros niños hasta perderse en medio de esa nueva constelación. Entonces, fui capaz de ocultarme por una horas como el sol cuando es de noche o la luna cuando es de día.

* Ilustración del libro “Cómo atrapar una estrella” de Oliver Jeffers.

Crisálidas

28 Jun

mariposa carleCuando J y yo estábamos en la universidad, recitábamos con devoción el verso del poema Cosmopolitan Greetings de Allen Ginsberg que dice:”Los absolutos son coerción, el cambio es absoluto”. Cuando uno tiene veinte años, el tiempo tiene una cadencia precipitada; uno tiene afán de mundo y por eso zambulle con facilidad la cabeza en el reloj y se deleita con el paso de los segundos. Ahora no nos sucede lo mismo. O al menos, no a mí. Me cuesta salirme de mi zona de confort, como dicen ahora, y afrontar nuevas circunstancias.

A un mes del famoso viaje al hemisferio norte, todas las rutinas de esta pequeña familia se han visto trastocadas. Mi casa parece en este momento una zona de guerra. Hay arrumes de cajas en los corredores, las bibliotecas están huérfanas de libros y los juguetes de Oli ya se encuentran invernando entre cartón. Desde hace unos días la casa sigue siendo la casa, pero ya no tanto; una extrañeza se ha posado sobre los objetos cotidianos, una sensación de huída acecha los rincones.

En medio de este panorama, J, Olivia y yo estamos viviendo en zona de tránsito. Los antropólogos hablarían de “estado liminal” para describir nuestro statu quo. Estamos despojándonos de las rutinas para asumir el cambio de brazos abiertos. Estamos de pasaje, mudando costumbres, liberándonos de las antiguas certezas para pronto asumir unas nuevas. Y nada de esto nos ha resultado fácil…

Así como pasa con el dilema del huevo y la gallina, del mismo modo me he estado preguntando si Olivia está ansiosa porque nota que se avecina una transformación importante y eso la inquieta, o si más bien está así porque nos ve a J y a mí nerviosos y eso la afecta. Lo cierto es que nuestra pequeña montó en cólera cuando empezamos a empacar las cajas, y le hizo pataleta al carpintero que vino a quitar algunos muebles. Anoche, cuando pasamos la primera noche en casa de los abuelos – donde estaremos por unas semanas antes del viaje – se despertó en medio de la noche en crisis de llanto, y casi no logramos calmarla. Así mismo, estas últimas noches no ha querido dormir sola – y para ser sinceros nosotros tampoco – entonces hemos hecho cama franca. Dormimos los tres muy cerca, como diciéndonos que ese triángulo que formamos J, Oli y yo, será el equipaje más valioso con que llegaremos a la nueva vida, y eso nos basta, y nos conforta.

En estas noches de cama compartida, cuando me desvelan las dudas y las cosas por hacer al día siguiente, miro a mi Oli plácidamente dormida y me pregunto cómo abrazará ella el cambio. Dicen que los niños son como esponjas, que todavía no saben de resabios, de costumbres, de pasado. Ellos son solo presente y entonces asumen las transformaciones con sorprendente naturalidad. Yo no sé. A veces pienso que es así, pero otras me digo que los recién llegados entienden rápidamente la noción de nido y por eso se aferran a lo conocido y les toma tiempo treparse a nuevos árboles desde donde verán otros paisajes.

Sea como fuere, este cambio que se avecina es una realidad que ya aterrizó en nuestra vida como el famoso monolito de “2001 Odisea del espacio”. Por ahora, Olivia, J y yo nos acercamos tímidamente a observarlo e imaginamos cómo será treparnos en él, qué horizontes se verán desde su cima. Luego, cansados de tanta novedad, recostamos la cabeza en la cama compartida para formar un triángulo perfecto, que es nuestra única certeza en estos tiempos de crisálida.

*La famosa mariposa de Eric Carle.

Días de padre

16 Jun

ImagenEn los días previos a la celebración del día del padre salen a relucir anticuados estereotipos en torno a la paternidad. Al papá se le debe regalar un televisor plasma para que se eche en el sofá a ver fútbol, hay que llevarlo a almorzar costillas de cerdo con cerveza mientras se conversa con él de carros, celulares o adminículos de bricolaje, y no hay que olvidar comprarle un asador para que se luzca en los almuerzos de domingo preparando lo único que sabe hacer en materia culinaria: hamburguesas y perros calientes al carbón.

No sé qué sorprende más, si el hecho de que la publicidad sigue aferrada a Pedro Picapiedra como el prototipo del padre promedio, o que todavía haya tantos papás promedio que se sienten identificados con esos aburridores clichés. Pero lo peor no son los asadores, las cervezas y los partidos de fútbol. Lo peor es que todavía quedan papás que no cambian un pañal o que no se aventuran a entonar una canción de cuna. Son papás carentes de espesor, de matices, de estrógeno. He oído historias de hombres que no quisieron acompañar a sus esposas embarazadas a las ecografías porque simplemente no les pareció relevante y de muchos que salen tan temprano y regresan tan tarde a la casa, que terminan siendo papás evocados y no papás presentes.

No obstante, al lado de esos padres Picapiedra se han asentados otros muy distintos, una estirpe de papás sensibles que le ha dado la espalda a los estereotipos para ejercer una paternidad de todos los minutos y de todas las tonalidades. J es uno de ellos. El papá de Olivia no entiende nada de fútbol, no sabe prender un asador y le parece terriblemente aburridor hablar de celulares. Pero sobre todo,  J es un papá que decidió – al ver a Olivia por primera vez hace dieciocho meses – que ella sería su inspiración, su razón de ser y su escuela.

Desde entonces, J ha abierto las compuertas de tantas emociones guardadas bajo llave y se ha permitido innumerables sobresaltos de afecto con Olivia. A él le encanta hablar de Oli con todo el mundo – solo hay que preguntarle a sus colegas para corroborarlo – y es quien la observa con mayor detenimiento y fascinación. J siempre es el primero en darse cuenta de una nueva palabra, de un nuevo gesto o de un progreso cualquiera en el desarrollo de Olivia. J atesora los momentos a solas con ella para leerle un cuento, para dormir juntos un rato o cantarle una canción. Y ahora que Oli ha entrado en una nueva fase de amor con papá, yo puedo ver la emoción que siente él cuando Oli corre a abrazarlo y grita “papáaaa” por toda la casa.

Hoy – día del padre –  Olivia le entregó a J el primer dibujo en acuarela que ha hecho en su vida. J quedó feliz con sus manchones coloridos muy a lo Pollock, y me preguntó varias veces si realmente lo había dibujado ella sola, o si yo había echado una mano en la elaboración de la obra maestra. Nada tuve que ver yo ahí, le reiteré repetidamente. Yo le puse el delantal, le di el pincel, las acuarelas y el agua, y me contuve para no detenerla cuando mandó a volar el agua, manchó la madera de amarillo y se pintó las piernas de verde. J se lo merece, pensé en esos momentos, cuando estuve tentada a detener el caótico experimento artístico. J se merece ese primer dibujo porque sus días de padre han sacado lo mejor de sí mismo.

Un papá así aprecia los manchones coloridos porque ellos revelan cosas profundas que un papá Picapiedra dificilmente puede ver. Van entonces mis felicitaciones a J, y a tantos papás que como él pegan los dibujos expresionistas de sus hijos en la pantalla del televisor plasma.

*Ilustración del libro “Días de hijo” de Philip Waetcher.

La aldea

2 Jun

a ilhaHace un par de semanas una amiga que está esperando bebé me llamó a desahogarse. Ahora que la panza devela la presencia de otro latido, la gente he empezado a opinar sobre su vida, y a “regalarle” innumerables consejos que nadie ha pedido. Algunos le dan largos sermones sobre las ventajas de la lactancia, otros entran en innecesarias conversaciones sobre la circuncisión, en las que buscan incluso conocer la naturaleza física del miembro viril del papá del bebé, para explicar por qué debe circuncidar a la progenitura, en caso de ser varón. Desconocidos le tocan la panza y sonríen, otros le recomiendan poner las tetas al sol, y no falta el jefe “altruista” que le sugiere, en un falso tono amigable, no descuidar su trabajo una vez regrese de su licencia de maternidad, sobre todo para que los colegas no piensen que el buen desempeño laboral de una mujer se ve afectado cuando se convierte en mamá. Lo que inició como un quejido cansado, terminó en una sincera y justificada rabieta que yo secundé, indignada ante la violenta arremetida del mundo en la relación susurrada de mi amiga con su panza.

A mí me pasó algo similar cuando estaba esperando a Olivia. No olvido el comentario de un conocido, quien en un evento académico y delante de varias personas, me recomendó en tono aleccionador ponerme vino en los pezones para asegurar que estos no se me fueran a resquebrajar con la lactancia. Y con el mismo descaro, con la misma certeza absurda de que un cuerpo en estado de gravidez le pertenece al mundo, me tocaban la panza como si fuera el Buda, se burlaban de los nombres que J y yo habíamos pensando ponerle al bebé, y con gran impertinencia me aseguraban que nunca más volvería a dormir en la vida, que la relación con mi marido se iría por la borda, y que le tomara fotos a los restaurantes y los cines que frecuentaba, porque jamás volvería a poner un pie en ellos. No solo fueron terriblemente imprudentes, sino también completamente desacertados.

Lo triste es que esa manía de hacer del cuerpo y la vida de la mujer un ágora donde todos opinan, donde todos dictan sentencias, no culmina cuando nace la criatura. Lo digo porque en estos diecisiete meses de vida de Olivia, he comprobado que la lengua de muchos es tan larga como la Muralla China. A mí me ha tocado soportar con estoicismo comentarios que en el fondo me llenan de enfado. Cuando Olivia apenas tenía unos días de nacida y yo estaba en el paroxismo de mi ansiedad, alguien me dijo – sintiendo que me ayudaba – que debía estar atenta porque a la niña se le estaba olvidando respirar. Imaginarán cuánto me ayudó…

En este tiempo he visto de todo. La gente opina de la comida que le doy a Olivia, de su rutina de sueño, de la manera como camina, como habla, como se sienta. No es sino llegar a un lugar, para que la gente nos observe y empiece a sugerirme alimentos, juegos, métodos de enseñanza, con la mayor naturalidad del mundo. En esos momentos me siento viviendo en una aldea, educando a Olivia en una casa sin puertas, bajo la mirada atenta de toda la comunidad.

Sé que Olivia no nació en un país donde el “otro” está siempre en la otra orilla, donde el silencio circula en el viento, y el pudor es casi un acto religioso. Y afortunadamente no fue así. En este lado del mundo la familia – no solo la nuclear- suele ser una entidad viva y palpitante, el pudor suele pasársela sesteando y la palabra es como un conejo silvestre que brinca, se mueve, aparece de súbito y nunca se deja enjaular. Yo aprovecho sin duda algunas ventajas de esta idiosincracia. Me gusta saber que para Olivia la familia es mucho más que J y yo, y quiero que crezca sabiendo que la soledad se conjura con amigos, en conversaciones, con presencias. Pero me pregunto por qué hemos hecho de la maternidad un asunto tan de puertas abiertas, por qué pensamos que el embarazo y la crianza son dos temas en los que el recato no tiene cabida.

A veces me digo que alguna huella ancestral nos debe quedar del pasado remoto en aldeas, cuando el individuo no lo era tanto y la comunidad era una presencia omnipotente. En ese entonces – y aún hoy en tantas comunidades indígenas – los niños son interés de todos y su educación no le corresponde únicamente a los padres. Pero en esas circunstancias, la gente ayuda y no solo opina. En esas circunstancias – que no son las nuestras –  la comunidad tiene potestad sobre numerosos asuntos de la vida cotidiana, no solo sobre aquellos que involucran a la familia y los hijos. Entonces, que los que juzgan tanto, alargan la lengua y dictan sentencias sin ensuciarse las manos, recuerden que en esta aldea nuestra las casas tienen puertas, las barrigas de las embarazadas tienen dueña, y las familias derecho a educar sin tantos conejos silvestres saltándoles encima.

*Imagen del libro “A ilha” de Joao Gomes y Yara Kono.